ANTONIO MANUEL BARRAGÁN-LANCHARRO   

Monesterio, 1981. Licenciado en Historia. Ha intervenido en las cuatro ediciones de las Jornadas de Historia en Llerena con las siguientes comunicaciones: “La aparición de datos sobre la familia materna de Francisco de Zurbarán” (2000); “El retablo del altar mayor del Convento de Santa Ana de Llerena y su traslado a Monesterio” (2001); “Aproximación al Cisma de Llerena (1874-75): el caso de Monesterio” (2002); y “La familia de Francisco de Zurbarán en Monesterio” (2003). Participó en el Primer Congreso de la Memoria Colectiva de Tentudía (Fuente de Cantos, 2001) con la comunicación “Breves pinceladas sobre la vida política y social de Monesterio durante los años 1930-1931”. Ha estado presente en las tres últimas ediciones de los Coloquios Históricos de Extremadura (Trujillo, 2002, 2003 y 2004) con las aportaciones “El doctor Arias Montano en Monesterio”, “Huidas, pánico, caridad, filantropía, y Sanidad Municipal ante la invasión del cólera en la provincia de Badajoz en 1855”, y “El brote de cólera en la provincia de Badajoz. Aproximación a la incidencia epidemiológica en Monesterio”. También ha participado en la IV Jornada de Historia de Fuente de Cantos, con el trabajo “Destrucción de documentos en Fuente de Cantos a principios del siglo XX. La Junta de Expurgos del Juzgado de Instrucción”. Su último trabajo publicado ha aparecido en el primer número de la Revista de Estudios Extremeños de este año: “Algunas notas sobre la trayectoria del Coronel don Tomás de Soto y Freire, primer Jefe del IX Tercio de la Guardia Civil (1844-49)”.

  

El pintor Eduardo Acosta y su legado. Una visión crítica ante el centenario de su nacimiento

Aunque había nacido Eduardo Acosta Palop en Villagarcía de la Torre, siempre consideró como patria chica a Monesterio. De orígenes humildes, su trabajo y su dedicación le otorgó un puesto en el arte de la pintura y numerosos reconocimientos. Pero el legado de Eduardo Acosta no ha sido un conjunto de lienzos que se pueda cuantificar, sino el haber descubierto y estimulado las dotes pictóricas de otro pintor también de Monesterio, Eduardo Naranjo.

Los inicios de Eduardo Acosta no fueron fáciles, la tragedia familiar le acompañó en sus primeros años con el fallecimiento violento de su hermana, la maestra Josefa Acosta, conocida en Monesterio como doña Pepa. Su permanencia en territorio republicano durante la Guerra Civil le sirvió para perder su plaza de profesor que por oposición había ingresado; aunque inmediatamente se incorpora a la docencia en Sevilla.

Por ello, su faceta docente le restó tiempo para hacer evolucionar su arte, pero sin embargo, su tarea como maestro de pintores fue laboriosa y gratificante, y esa labor fue premiada en su jubilación con la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, concedida en 1976 por su larga trayectoria al frente de la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Sevilla.